Pesadillas
Martes, 09 Noviembre 2010

Pesadillas

Todo viaje tiene su momento de pequeña o gran pesadilla, su zozobra, sus imbéciles. Como una ráfaga –acaso un espejismo en plena vigilia-, desfilaron delante de mis ojos algunos de esos personajes que te encarajinan una travesía y te hacen creer, por un momento, que la vida es un conjunto infinito de esfuerzos inútiles que conducen a la nada.

por Juan Bedoian

Tengo para mí que el chino de la Gran Muralla encabeza este ranking de desatinos. El mal nacido tenía un pequeño negocio de reparación de máquinas fotográficas y cometí el peor de los pecados que un turista puede cometer: entregarle su cámara trabada a un chanta que no ofrecía la menor garantía y en un país extraño. Resultado: el maldito chino la desarmó entera, la volvió a armar y la arruinó del todo: nunca más pude sacar una foto con esa cámara. Lo que sí recuerdo perfectamente es que invoqué a su familia directa y a todas las dinastías chinas cuando me dijo que el trabajo costaba 100 dólares. Diez años después del episodio, he tenido un par de pesadillas por el chino chanta de la Gran Muralla. Que me perdonen los chinos, que tienen fama de sabios, pero ése no sabía un carajo de cámaras ni de –sospecho- nada.

Segundo en esta galería de descerebrados está el vendedor de especias de Marrakech. Sólo me limité a preguntarle cuánto costaban unos condimentos típicos de Marruecos. El flaco se puso a armar como un desaforado un juego de bolsitas con las distintas especias mientras yo le decía que no, que sólo quería saber el precio y él seguía obseso con su tarea mientras me decía “amigo, amigo” en dificultoso castellano. Cuando terminó, me dijo el precio: 80 dólares. Esas bolsitas no costaban ni cinco dólares.

No volvió a decirme amigo cuando aconteció la cólera de los hechos, cuando comenzó a seguirme exigiendo el pago y yo invoqué a todas las tribus bereberes del desierto en malos términos y me fui con un dilema: ¿Los turistas en general o uno en particular es el que tiene cara de boludo? Podría seguir con la valija que un tarado me envió a Moscú mientras yo viajaba a Sevilla, con el guía italiano que te bajaba un discurso espiritual en el Vaticano para intentar venderte finalmente unas cruces truchas o con otro guía de Corrientes que quería pasar las inútiles palometas por preciados pacúes. Pero quiero salir ya de esas pesadillas y la corto aquí. De los viajes conviene quedarse con las delicias y los gozos.

 

fuente: clarin.com

Escribir un comentario

Promovemos la comunicación responsable. No publicamos comentarios de usuarios anónimos ni aquellos que contengan términos soeces o descalificaciones a personas, empresas o servicios.