por Pedro Madera
El nombre de Mississippi tiene su origen en los americanos nativos, y viene de las palabras mici zibi, que traducido viene a ser «donde se juntan todas las aguas». Un nombre muy apropiado si se tiene en cuenta que es el segundo río más largo de América del Norte. Su recorrido es mágico pasando por el tercio este de Estados Unidos. El río va del frío norte, cerca de la frontera con Canadá, a la tropical Luisiana y desemboca en el Golfo de México. Es un río ancho de fondo muy lodoso. Es más, un dicho asegura que un hombre puede cultivar maíz en su estómago si bebe agua de este río.
De las muchas caras que presenta el Mississippi nos quedamos con las tierras que recorre por el Sur,
con las grandes plantaciones donde antaño trabajaban los esclavos.
Aquí nos sorprenderemos con las grandes y elegantes mansiones pensadas para celebrar fastuosos bailes, con partidas de póquer y botellas de bourbon en el centro de la mesa y con las melancólicas canciones de blues. Toda una colección de tópicos. Si hay algo que enseguida viene a la mente cuando se escucha la palabra Mississippi es, sin duda, el nombre de Mark Twain.
Viaje a la América profunda
El famoso escritor se llamaba, en realidad, Samuel Clemens. Lo de Mark Twain era un vocablo empleado por los pilotos de los barcos de vapor para indicar la profundidad del agua necesaria para la navegación. Su significado: dos brazadas. Durante la infancia de Twain, el sueño de la mayoría de los niños era ser piloto de barco de vapor y Clemens llegó a ejercer esta profesión. Su trabajo eventual como periodista se transformó en el de un afamado escritor que firmó por primera vez con ese nombre en 1863.
En la cubierta, los niños aprenden a volar cometas mientras los mayores pueden echar una partida de dominó.
Un recorrido por las orillas del Mississippi es un viaje a la América profunda. Los viejos carromatos se han transformado en poderosos camiones y las viejas barcazas son ahora modernos barcos de mercancías. Por suerte, una de las posibilidades, sin duda la más auténtica, es hacer un viaje en barco de vapor. Estas reproducciones mantienen todo el espíritu de antaño con las comodidades de este siglo, por lo que se puede un viaje en el tiempo saboreando los placeres de una época dorada.
En la cubierta, los niños aprenden a volar cometas mientras los mayores pueden echar una partida de dominó o de cartas. Por suerte, las disputas ya no se solucionan a punta de revólver. Al llegar el atardecer, la banda de música interpreta viejas canciones o algunas románticas inspiradas en el río, como Old man river, de Paul Robeson. A lo largo del recorrido, tanto si se va en barco como en coche, hay que hacer múltiples paradas para no perderse nada. Visita obligada es el pueblo de Mark Twain, Hannibal, en el estado de Missouri, especialmente este año en el que se cumple un siglo de su muerte. En toda la localidad se respira su obra, desde la casa-museo hasta las tiendas de souvenires.
Influencias del Viejo Continente
Missouri es un destino en sí mismo además de por su relación con el escritor. En él hay ciudades como St. Louis o Kansas, varios parques naturales y muchos lagos, entre otros atractivos. Si por algo tienen fama estos estados del Sur es por su hospitalidad y su buena cocina. Sus gentes, influidas por ese clima tropical húmedo, se toman la vida con calma. En inglés, se utiliza el término Southern hospitality para describir la tendencia de las gentes del sur a ser hospitalarios. No es un raro que alguien a quien has conocido brevemente te invite a su casa y, sin temor, bajo la sombra de un magnolio y bebiendo limonada helada, te cuente la historia de su vida.
Los afamados restaurantes de Nueva Orleáns son el anticipo a una noche de jazz y blues en legendarios locales.
Todo esto queda en un segundo plano al lado de Nueva Orleáns. Por último, y siguiendo la frase de Mark Twain, «uno no ha visto Estados Unidos hasta que no ha visto Mardi Grass en Nueva Orleáns». Dicen que todavía la zona no se ha recuperado del huracán Katrina, pero esta ciudad es la esencia pura de los estados del Sur. Paseando por sus calles se descubre una arquitectura anclada en el pasado llena de influencias del Viejo Continente. Los hoteles boutique con camas con dosel y mayordomos de librea le dan un toque muy romántico y sus afamados restaurantes son el anticipo a una noche de jazz y blues en locales donde el bourbon se mide por dedos. La conjura de los necios tiene su escenario real.
fuente: ocholeguas.com

