por Sergio Antonio Herrera
Diego Forlán acaba de iniciar su etapa al frente de la Selección Mayor. El debut del viernes ante Japón terminó con derrota, 3-1. Es un dato, corresponde consignarlo y poco más. Pretender extraer conclusiones sobre un proceso a partir de ese primer partido sería tan apresurado como inútil.
Porque la cuestión verdaderamente importante comienza bastante más arriba.
Uruguay tiene hoy al frente de su selección a una persona que, mucho antes de asumir esta responsabilidad, construyó durante muchos años una trayectoria deportiva y humana que merece ser considerada en toda su dimensión.
Y por eso Forlán necesita algo que el fútbol uruguayo no siempre sabe conceder: tiempo.
No inmunidad. No complacencia. No ausencia de crítica.
Tiempo.
Forlán deberá ser evaluado como entrenador por sus decisiones, por el funcionamiento de sus equipos y, finalmente, también por sus resultados. Su extraordinaria carrera como futbolista no constituye ninguna garantía automática de éxito desde el banco.
Pero tampoco puede ignorarse quién es la persona que comienza este camino.
Diego Forlán fue dos veces Pichichi como máximo goleador de la Liga española y ganó dos Botas de Oro europeas. En Sudáfrica 2010 condujo futbolísticamente a Uruguay hasta un inolvidable cuarto puesto y fue elegido Balón de Oro como mejor jugador del Mundial.
Pero reducir a Forlán a sus goles y sus premios sería quedarse solamente con una parte de su historia.
Durante toda su carrera fue también un formidable representante del Uruguay.
Lo fue cuando el país recurrió a su imagen para promocionarse internacionalmente y atraer visitantes. Lo fue cada vez que apareció ante una cámara representando, explícita o implícitamente, a un país mucho más pequeño que los grandes mercados futbolísticos en los que desarrolló su carrera.
Y lo fue incluso en detalles que dicen mucho más de una persona de lo que parece.
Cuando llegó al Manchester United y fue presentado oficialmente, afrontó la conferencia de prensa en inglés. Años después, cuando desembarcó en Japón para incorporarse al Cerezo Osaka, sorprendió respondiendo en japonés.
No necesitaba hacerlo.
Lo hizo.
Y detrás de esos gestos existe algo bastante más profundo: preparación, educación, respeto por quien lo recibe y conciencia de lo que significa ser un profesional internacional.
Forlán ha sido, además, embajador de UNICEF, comprometiendo durante años su imagen pública con los derechos de niños y adolescentes.
Es difícil encontrar en el deporte uruguayo contemporáneo una figura que reúna tantos atributos positivos dentro y fuera de la cancha.
Eso no convierte a Forlán en infalible. Ni debería hacerlo.
Pero sí obliga a preguntarnos qué hacemos nosotros con una figura de esas características cuando decide asumir una de las responsabilidades más expuestas del país.
¿Esperamos para evaluar su trabajo o comenzamos inmediatamente el conocido ejercicio nacional de triturar procesos?
Ahí aparece el blindaje al que se refiere este artículo.
Blindar a Forlán no significa blindarlo de la crítica. Significa blindar el proceso de la irresponsabilidad.
Habrá que analizar sus equipos. Discutir sus decisiones. Señalar sus errores. Reconocer sus aciertos. Eso es periodismo y eso es fútbol.
Pero ninguna reconstrucción seria puede evaluarse cada noventa minutos.
Uruguay tiene, además, un antecedente demasiado importante como para olvidarlo.
El proceso encabezado por Óscar Washington Tabárez demostró que una selección nacional puede construir bastante más que resultados. Construyó identidad, pertenencia, códigos, respeto por la camiseta y una determinada manera de representar al país.
Diego Forlán no tiene que imitar al Maestro Tabárez.
Tiene que construir su propio proceso.
Y ojalá tenga éxito. Ojalá los resultados deportivos permitan transformar esta etapa en algo mucho más profundo y duradero. Ojalá Uruguay vuelva a generar un proceso con una identidad inequívocamente uruguaya, moderno pero reconocible, competitivo pero sustentado en valores.
Y ojalá, además, pueda alcanzar e incluso superar los mejores niveles deportivos conseguidos durante el ciclo de Tabárez.
Sería formidable.
Pero para saberlo habrá que esperar.
Porque los procesos no se proclaman. Se construyen.
Forlán no necesita aduladores. Tampoco indulgencia.
Necesita tiempo, respaldo y crítica seria.
Después, como siempre en el fútbol, hablará la cancha.
Pero primero hay que dejarlo trabajar.

