Y sin embargo, la pregunta es inevitable:
¿es esa la foto correcta para una industria que, en esencia, es privada?
Porque conviene no perder el eje. El turismo no es un acto administrativo. No es una política en sí misma. Es, antes que nada, una actividad económica, una industria compleja donde hay inversión, riesgo, competencia, innovación y venta. Y en ese ecosistema, quienes sostienen el andamiaje cotidiano no son los funcionarios: son los empresarios.
Son ellos quienes compran aviones o bloquean asientos, quienes financian hoteles, quienes diseñan productos, quienes salen a vender destinos en mercados cada vez más exigentes. Son ellos quienes enfrentan la estacionalidad, la presión fiscal, la volatilidad de la demanda y, muchas veces, la falta de reglas claras.
Entonces, si la feria es el gran escenario del negocio,
¿por qué el acto inaugural parece, tantas veces, una extensión del Estado?
La respuesta no está en la lógica económica sino en la inercia. Durante décadas, el turismo fue presentado —y administrado— como una herramienta de promoción país. Y bajo esa concepción, el Estado se ubicó naturalmente en el centro de la escena. El problema es que el mundo cambió, pero la foto no.
Hoy, las ferias son plataformas comerciales sofisticadas. Lugares donde se negocian contratos, se definen temporadas, se construyen alianzas estratégicas. Espacios donde el tiempo vale dinero y donde la retórica vacía tiene cada vez menos lugar.
En ese contexto, mantener una mesa inaugural con mayoría de autoridades públicas no solo resulta anacrónico:
es conceptualmente inconsistente.
No se trata de excluir al Estado. Su rol es imprescindible. Debe garantizar reglas, facilitar condiciones, proyectar imagen país. Pero una cosa es ser facilitador y otra muy distinta es ser protagonista en un escenario que no le pertenece.
La señal que se da desde la apertura no es menor. Marca el tono. Define jerarquías. Envía un mensaje, explícito o implícito, sobre quién conduce y quién acompaña.
Y hoy, en demasiados casos, el mensaje sigue siendo el mismo:
el turismo se inaugura desde la política, aunque se sostenga desde la empresa.
Tal vez haya llegado el momento de ajustar esa imagen. De equilibrar la mesa. De reflejar con honestidad la verdadera arquitectura del sector.
Porque si queremos un turismo más profesional, más competitivo y más rentable,
la primera decisión no es discursiva.
Es simbólica.
Y empieza, justamente, por la foto.

