Hay encuentros académicos que corren el riesgo de terminar hablando para sí mismos. Especialistas que escuchan a especialistas, abogados que discuten con abogados y conclusiones que, finalmente, quedan prolijamente archivadas hasta el próximo congreso.
Las XX Jornadas Nacionales de Derecho Aeronáutico y Espacial, realizadas los días 3 y 4 de septiembre en San Isidro, parecen ubicarse deliberadamente en la vereda de enfrente.
Y hay un antecedente que resulta particularmente revelador: de las ocho conclusiones aprobadas en las XIX Jornadas, seis fueron posteriormente recogidas total o parcialmente por modificaciones normativas.
No es poca cosa. Quiere decir que aquello que se debate en estos ámbitos puede abandonar el terreno de la doctrina y terminar modificando la realidad.
La vigésima edición llegó, además, en un momento especialmente interesante. Argentina está atravesando una transformación profunda de su marco regulatorio aeronáutico, con modificaciones al Código Aeronáutico, desregulación, nuevas reglas para el transporte aerocomercial, protección de pasajeros, delegación de funciones, drones, movilidad aérea urbana y hasta los desafíos que comienza a plantear la inteligencia artificial.
El temario de las Jornadas refleja precisamente esa amplitud: autoridad delegada; protección al pasajero; modificaciones al Código Aeronáutico y normas complementarias; aviación pilotada a distancia y movilidad aérea urbana; y Derecho Espacial.
Pero hay algo que nos interesa especialmente desde esta columna.
Aviación y turismo: dos mundos que nunca debieron analizarse por separado
Dentro del eje dedicado a las modificaciones del Código Aeronáutico fue presentada la ponencia “El transporte aéreo y el desarrollo del turismo en América Latina. Propuestas”, elaborada por los doctores Cayetano Póvolo y Luis Alejandro Rizzi, con revisión de texto de María Elena Rizzi.
Luis Alejandro Rizzi no necesita demasiada presentación para los lectores del Portal de América. Amigo de esta casa y colaborador desde hace años, ha dedicado buena parte de su pensamiento a algo sobre lo que también nosotros hemos insistido hasta el cansancio: no existe política turística internacional seria sin una política de conectividad que la acompañe.
La ponencia parte de una provocación interesante. América Latina tiene turismo, paisajes, cultura, naturaleza y enormes posibilidades, pero buena parte de sus países continúan funcionando como emisores netos de turismo, es decir, como importadores del servicio turístico. Los autores sostienen, además, que el acceso real al turismo internacional está muchísimo más concentrado de lo que sugieren las estadísticas y condicionado por los niveles de ingreso.
Y ahí aparece una idea central: el turismo no debería ser considerado un servicio suntuario. América Latina debería transformarlo simultáneamente en recurso económico y en una actividad accesible a sectores sociales mucho más amplios.
Hasta ahí el diagnóstico.
Lo interesante empieza cuando llegan las propuestas.
De los cielos abiertos al cielo único
Rizzi y Póvolo plantean pensar Latinoamérica como una verdadera región turística integrada: libre circulación de personas y bienes, un mercado común turístico y, fundamentalmente, un cielo único latinoamericano, con una utilización mucho más amplia de las libertades del aire.
No se trata de una ocurrencia nacida para estas Jornadas.
Rizzi recuerda en la ponencia que viene defendiendo el concepto de cielo único latinoamericano desde principios de este siglo y que ya lo planteó públicamente en 2006, durante el foro internacional “La Aviación Civil del Futuro”, realizado en Caracas.
Veinte años después, algo comenzó a moverse.
Brasil, Argentina, Chile y Paraguay suscribieron el 14 de julio pasado el memorando de entendimiento ALAS —Acuerdo de Liberalización Aérea Sudamericana—, encaminado hacia la construcción de un cielo único sudamericano y contemplando incluso avances hacia derechos de séptima, octava y novena libertad.
Las ideas a veces demoran veinte años en dejar de parecer utópicas.
Y esto debería hacernos reflexionar también en Uruguay.
Nos pasamos décadas discutiendo compañías aéreas, rutas, aeropuertos y conectividad como compartimentos separados del turismo, cuando la realidad indica exactamente lo contrario. Sin conectividad no existe turismo internacional competitivo. Y sin una política turística capaz de generar demanda, tampoco existe conectividad sostenible.
Es exactamente una de las razones por las que venimos sosteniendo que la conectividad —aérea, marítima, fluvial y terrestre— debe sentarse en la misma mesa en la que se decide la estrategia turística.
Un mercado turístico latinoamericano
La ponencia va todavía más lejos.
Propone la creación de un mercado común turístico latinoamericano, con libre circulación regional y controles migratorios concentrados fundamentalmente en los ingresos y salidas de la región. También plantea una unidad monetaria virtual de referencia, bautizada “El Latino”, contra la cual pudieran expresarse precios turísticos en los diferentes países.
Podremos discutir si cada una de esas propuestas es posible mañana, dentro de diez años o nunca.
Pero sería un error quedarnos en esa discusión.
Lo importante es que alguien está intentando pensar América Latina como mercado y no simplemente como una colección de países que compiten entre sí por las migajas de los grandes flujos turísticos internacionales.
Los números utilizados en la ponencia muestran crudamente esa realidad. De los 218 millones de visitantes contabilizados en América durante 2025, Estados Unidos, México, Canadá y Brasil concentraron casi el 65%. El resto del continente se repartió una porción sensiblemente menor.
Y cuando llegamos a Uruguay, una salvedad imprescindible
Uruguay aparece en la ponencia como una de las excepciones regionales, con saldo favorable en su balanza turística. Se señala que en 2025 recibió 3,6 millones de visitantes y obtuvo ingresos por algo más de 2.000 millones de dólares.
Pero aquí corresponde hacer una salvedad que venimos planteando desde hace años: en el caso uruguayo, aceptar sin más las cifras oficiales de visitantes y divisas supone dar por válida una metodología estadística que, por lo menos, merece ser discutida.
La cifra de 3,6 millones de visitantes no equivale necesariamente a 3,6 millones de turistas, porque allí conviven turistas, excursionistas y otros movimientos fronterizos que no deberían ser leídos como si fueran una única categoría homogénea.
Del mismo modo, cuando intentamos establecer cuánto pesa realmente el turismo en la economía uruguaya, seguimos chocando con una carencia que para nosotros es central: Uruguay no dispone hoy de una Cuenta Satélite de Turismo actualizada y confiable que permita medir con la precisión necesaria la verdadera incidencia económica de la actividad.
Y esto no es una discusión semántica.
Si no sabemos con razonable precisión cuántos turistas tenemos, quiénes son, cuánto gastan, cuánto permanecen, cómo se desplazan y qué impacto económico real generan, difícilmente podamos diseñar una política turística seria.
Por eso, más que celebrar acríticamente que Uruguay tenga una balanza turística positiva, lo que deberíamos preguntarnos es si realmente sabemos con precisión cuánto turismo recibimos, cuánto deja, quiénes nos visitan, cuánto gastan y cuál es su impacto económico real.
Y esa duda no debilita el argumento de la ponencia de Póvolo y Rizzi.
Al contrario: lo fortalece.
Porque si América Latina necesita políticas de integración, conectividad y desarrollo turístico, necesita antes que nada una cosa mucho más elemental: datos en los que se pueda confiar.
“Abogados a las cosas concretas”
Quizás la mejor definición de estas Jornadas aparezca precisamente sobre el final de la ponencia de Póvolo y Rizzi.
Los autores reconocen que un congreso no institucionaliza propuestas. Su función es sembrarlas, discutirlas y conseguir que germinen.
Y terminan reclamando que el Derecho abandone cierta comodidad doctrinaria para convertirse en una herramienta de innovación.
“El derecho debe ser una artesanía que facilite la innovación con imaginación y audacia”, sostienen. Y rescatan aquella formidable exhortación de Ortega: “abogados a las cosas concretas”.
Ahí está, probablemente, lo mejor de estas XX Jornadas Nacionales de Derecho Aeronáutico y Espacial.
Porque mientras la aviación cambia, aparecen nuevas tecnologías, se modifican los modelos comerciales, irrumpen los drones y la inteligencia artificial, cambian las formas de viajar y el turismo se convierte cada vez más en una gigantesca competencia mundial por mercados, seguir administrando el futuro con herramientas diseñadas para el pasado es una forma bastante segura de perderlo.
El Derecho Aeronáutico tiene mucho que decir.
La política aérea también.
Y el turismo, muchísimo más.
Lo verdaderamente importante es que, alguna vez, los tres empiecen a hablar entre ellos.

