por Alberto Piernas Medina, Condé Nast Traveler
Cada mañana, un hombre pasa por delante de un establecimiento fastfood donde antes hubo una panadería de barrio. Lo vemos también en los ríos que muestran sus entrañas a causa de la sequía, o todas las playas donde pasábamos la infancia refugiados bajo los pinos, hoy invadidas por las grúas y las masificaciones.
Durante años, la frase “Todo esto era campo”, que bien podría decir tu padre (o el mío) al ver que los huertos de la infancia se han convertido en una urbanización, tuvo algo de meme. Sin embargo, ese gesto procedía de la solastalgia.
El término, acuñado por el filósofo australiano Glenn Albrecht en 2005 y compuesto por la etimología sōlācium (comodidad) y la raíz griega -algia (dolor) hace referencia a la angustia causada al contemplar un paisaje afectado por el cambio climático, pero también episodios como la gentrificación, la sequía, o la minería.
En un momento en que nos recuperamos de los devastadores incendios acontecidos en España durante este verano, la solastalgia cobra más importancia que nunca. Especialmente, cuando se trata de identificar nuevas emociones producidas por el propio impacto al medio ambiente.
Esa sensación se llama solastalgia
Alguien que ama la Patagonia chilena suele viajar a esa zona durante sus vacaciones. Pero una noche vio unas luces al otro lado de las montañas. Con curiosidad al inicio –y después, con dolor– descubrió que se trata de un incendio. Entonces empezó a sentir tristeza, luego dolor, rabia y diversas emociones. Al otro día estaba muy triste, desconsolado, al ver que ese territorio que había sido tan importante para él y su vida estaba siendo destruido por incendios causados por humanos.
Es la historia que me cuenta Felipe Landaeta Farizo, psicólogo transpersonal y profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile: “La persona con solastalgia siente dolor por un territorio que deja de ser como era. Es un sentimiento asociado a la pérdida de lo que fue. Se relaciona con nostalgia del pasado, pero está atravesado por la pérdida. Nos pasa al visitar un lugar que amamos, con el que tenemos una relación especial, que en el pasado era diferente y que nos damos cuenta que con el tiempo se ha ido deteriorando. Tiene algo de duelo”, cuenta Felipe a Condé Nast Traveler.
Más allá de la propia destrucción del paisaje, la solastalgia habla también de lo que sentimos ante la pérdida de todas las historias, vivencias y momentos asociados a ese lugar: “Podemos decir también que se pierde cultura”, matiza Felipe. “En mis estadías en la Amazonía, en zonas donde hay comunidades indígenas y se empieza a deteriorar el entorno natural, esto es mucho más evidente. No sólo se está perdiendo un lugar, se pierden también lugares donde se realizan rituales de sanación y plantas medicinales, deteriorando sistemas de salud completos”. Asimismo, se degradan entornos naturales y ecosistemas completos, generando impactos difíciles de comprender por la alta complejidad de equilibrio que tienen entre los seres que los habitan.
Una situación que también produce la llamada eco-ansiedad que, a diferencia de la nostalgia por lo que se perdió o el duelo de la solastalgia, habla de una preocupación por lo que está sucediendo en el mundo. Esta ansiedad es un sentido anticipatorio, ya sea en relación a las noticias que se escuchan o datos sobre la crisis climática.
“Es más una reacción de preocupación, y no necesariamente tiene el sentido de dolor de la solastalgia. Igualmente, ninguno implica un trastorno a priori, hay que ver el caso a caso. En principio, a ambos podemos considerarlos como reacciones normales a un entorno cambiante, complejo de comprender e incierto”, cuenta Felipe. “Igualmente, la ecoansiedad puede en ocasiones convivir o coincidir con trastornos de carácter ansioso. Pero, como digo, no debiera considerarse una patología a priori.”
Por supuesto, el sector del turismo también está íntimamente relacionado con la solastalgia: lo vemos en los arrozales de Bali, algunos transformados en suerte de Disneyland exuberante entre cuevas en forma de animales y columpios donde tomar la foto de Instagram. Las playas donde agoniza la posidonia, los prados de edificios en lugar de vacas, o los incendios que devastan pueblos y hectáreas de naturaleza. Episodios que también nos llevan a replantearnos los actuales modelos turísticos y nuestra forma de viajar.
“Es clave un turismo que promueva la educación y apreciación de la naturaleza. Los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de los últimos años apuntan a la necesidad de educar y de promover la apreciación del mundo natural”, cuenta Felipe, mientras coincidimos en la necesidad –incluso una utopía– de contar con los viajes como materia a impartir en las escuelas, especialmente cuando se vuelve más necesario que nunca aprender a desplazarnos en sintonía con el mundo: “Cuidamos aquello con lo que tenemos un vínculo emocional. Para vincularnos tenemos que conocer, acercarnos, tener una relación. Esto implica tener experiencias de primera mano, que nos hablen “acerca de”. De alguna forma el turismo puede acercarse, generar esa consciencia, y principalmente ver a la naturaleza como un sujeto, más que como un objeto o un ambiente externo”.
Durante años, hemos visto como la naturaleza pasa a convertirse en un agente del que extraer recursos y la necesidad de reencantar el mundo volviendo a aproximarnos a ella. Porque cuando reconocemos que somos parte de la naturaleza, nuestra percepción de la vida cambia: “Quizás también esto permita fomentar la mente simbólica, pues justamente en esa relación con lo natural, que es sublime, salvaje y compleja, podemos ir recobrando la capacidad de asombrarnos, de contar historias. De volver a enamorarnos de la trama de la vida y del mundo”, finaliza Felipe.
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