20 cosas que hacer en el barco más grande del mundo
Martes, 21 Diciembre 2010

20 cosas que hacer en el barco más grande del mundo

La primera vez que oí de este barco, que sería el más grande del mundo y esas cosas, una idea me quedó dando vueltas hasta este momento: sería tan enorme que estaría dividido en "barrios". Y uno de esos barrios sería Central Park. Un parque con vegetación, incluyendo árboles, verdaderos. Un parque flotando por los océanos del mundo. Tenía que verlo.


Cuando se tienen 360 metros y 16 cubiertas de barco por delante, el laberinto de cosas por hacer es agotador.

por Mauricio Alarcón C.*

 

Uno. Flotar en Central Park
La primera vez que oí de este barco, que sería el más grande del mundo y esas cosas, una idea me quedó dando vueltas hasta este momento: sería tan enorme que estaría dividido en "barrios". Y uno de esos barrios sería Central Park. Un parque con vegetación, incluyendo árboles, verdaderos. Un parque flotando por los océanos del mundo.

Tenía que verlo.

Así que, aquí estoy: acabo de dejar la mochila en la habitación 9690 e ignorar una cama confortable, que parecía la mejor opción luego de demasiadas horas intentando dormir en asientos de avión y de aeropuertos, para salir.

Según el mapa desplegable que me dieron antes de registrarme y abordar en Fort Lauderdale, el parque está en el deck 8, una cubierta bajo la mía. La escalera más cercana a mi habitación conduce directamente a uno de sus accesos.

Llego.

El Central Park es un enorme jardín con pasillos que se abren en terrazas donde los pasajeros pasan el rato en cómodas sillas de hierro o bancas de madera, o en los taburetes del sencillo Trellis Bar o del insólito Rising Tide Bar, que merece párrafo aparte. Cada jardinera está cubierta por enredaderas, flores, arbustos y pequeños árboles (suspicaz, no tuve más remedio que tocar varias hojas y, confieso, corté un par, sospechando de alguna muy buena imitación). Hay doce mil plantas, según la versión oficial. Por un rato, es fácil olvidarse: estamos en un barco; estamos sobre el mar. Nos movemos. Alrededor del parque se levantan los balcones de los camarotes, como las celdas de un panal de abejas blanco y brillante. Es como si estuviésemos rodeados de edificios de departamentos. Más arriba, el cielo.

Dos. Ubicarse.

El principal problema es saber dónde está uno y cómo llegar a donde sea que quiera ir, sin extraviarse. O sin extraviarse demasiado. Además de Central Park, el Allure tiene barrios como Boardwalk, al aire libre y con aspecto de paseo portuario, como un muelle con carrusel y todo.

Uno podría andar con el mapa desplegable en el bolsillo, pero en cada deck, a pasos de las escaleras y los ascensores, se topa con dos pantallas alargadas, táctiles, que saben todo lo que uno necesita: si quiere encontrar su cuarto, ingresa el número y la pantalla le muestra paso por paso qué ascensor tomar, dónde salir y hacia dónde caminar. También hay información sobre los restaurantes operativos en cada momento (siempre hay uno abierto), el bar más cercano, el programa de actividades del día (por si no leyó el diario de a bordo, que cada atardecer dejan en su habitación), y lo que está pasando justo ahora. Por ejemplo, lo que pasa precisamente en este momento, es que va a haber un desfile en Royal Promenade, el "barrio" de las tiendas, en el deck 5, con restaurantes, bares y un llamativo auto rojo junto al cual todos quieren fotografiarse.

Tres. Conocer a Kung Fu Panda.

La conmoción en la Royal Promenade, lo más parecido a un mall a bordo, se debe a que pronto se llenará de famosos.
Ha habido famosos menos llamativos en el barco, eso sí. Apenas subí, los rumores corrían con varios nombres. Al Pacino. La actriz que hacía de Miranda, la colorina de Sex and the city. Alguien se anima a lanzar el nombre de Brad Pitt. Nadie los ha visto, desde luego. Se supone que Pacino está filmando una película a bordo, otros andan de visita. El crucero es suficientemente grande para no ver a ninguno. Las estrellas pueden rodar en algún rincón del barco, ir de compras, pasear, mientras los demás pajareamos en otro lado. Más tarde, sólo confirmaré (tras ver pruebas tangibles: es decir, fotos) que Katie Holmes -y su hija Suri, con sus curiosos zapatos infantiles con taco- sí andaban por aquí.

Pero las estrellas que convocan a esta multitud ahora mismo son menos tímidas. Son personajes de películas de los estudios Dreamworks, que tiene convenio con Royal Caribbean, para que sus respectivas creaciones -Shrek y Fiona, Po de Kung Fu Panda por un lado, y el Allure of the Seas por otro- viajen juntos.

La fiesta es un despliegue de luces, disfraces, canciones y zanquistas que bien podrían estar en el Parque Forestal. Los niños se emocionan, y uno -luego de mirar con mala intención los trajes, buscando la falla, el velcro, algo que permita compararlos con el impresentable Barney del Paseo Ahumada- termina por rendirse ante la sonrisa de Fiona, esperando la maniobra sicopática tras los pandilleros pingüinos de Madagascar, y viendo con simpatía -y francamente, con ganas de abrazar- al obeso Po que posa frente a tu cámara.

Cuatro. Elegir salchichas del mundo.

Antes del desbande de gente tras el desfile me largo al Boardwalk. Es como si caminara por un mini Coney Island, una feria de juegos decorada con esos espejos que deforman la imagen (quiero creer que algunos la deforman). En medio, varias esculturas muestran, paso a paso, cómo se convierten unos grandes bloques de madera en uno de los caballos del carrusel verdadero que está girando unos metros adelante.

Es una pequeña obra de arte pop que se puede apreciar mejor desde las altas mesas donde deposito mi enorme salchicha alemana, con chucrut, sin mostaza, en pan casero, una de las variedades del mundo del Boardwalk Dog House. Acá puedo elegir entre salchichas polacas y versiones italianas, con varios tipos de pan. Y cervezas. Es uno de los puestos gratuitos, donde los pasajeros pueden comer sin aburrirse, repetir hasta rendirse, y pedir, sin costo adicional, Corona, Budweiser, Coors Light. Claro, también hay bebidas.

Cinco. Elegir piscina.

Estoy en un barco, pero desde antes de abordarlo, no he visto el mar (mi habitación tiene balcón exterior, pero cuando estuve ahí, el barco aún no zarpaba).

Se ve algo de mar si uno deja de distraerse con las dos pantallas gigantes en la popa, al final del Boardwalk, sobre el anfiteatro donde se proyectan imágenes de ¿Cómo entrenar a tu dragón?, película que pasarán más tarde, varias veces en el cine 3D de a bordo.

En los decks 15 y 16 están las piscinas. 21 en total según las estadísticas oficiales. A eso de mediodía, el hormigueo alrededor de las piscinas es imparable.

Seis. Asegurarse.

En su máxima ocupación, el Allure puede llevar hasta 6.300 pasajeros. Cuando piensas lo que significan 6.300 personas en un barco, empiezas a entender por qué es necesario reservar lugar en algunos de los espectáculos y restaurantes a bordo. Y a apreciar cada rincón solitario que encuentras.

Siete. Sentir que el piso se mueve.

En el Rising Tide Bar el piso realmente se mueve. De partida, es un bar pequeño y alargado, que bien podría pasar por una de esas butacas voladoras del Senado Galáctico de Star Wars. Está rodeado por unas placas luminosas. Es moderno. Tiene estilo. Y el piso se mueve. Pasa que el bar es en realidad una plataforma que, mientras pruebas un mojito delicadamente dulce, es comandado por una especie de azafata que, en cierto momento, cierra las puertas que dan hacia el Central Park. Ya nadie puede entrar ni salir. Y entonces, el bar empieza a bajar hasta llegar a la Royal Promenade, tres cubiertas más abajo.

Ocho. Dejar pasar el tiempo en 150 Central Park.

Al 150 Central Park, uno de los restaurantes más elegantes del barco, hay que ir con tiempo. Sin prisas. Para comer (el menú es una degustación de varios platos) y para escuchar a la muy amable Natalie, la anfitriona, que se detiene a explicarnos detalladamente cada ingrediente de lo que tenemos al frente, en un inglés tan perfectamente cuidadoso que, desde luego, no puede ser estadounidense.

La chef de este elegante restaurante es Maureen Molly Brandt, que llegó a este puesto luego de competir con otros maestros en el reality Culinary Challenge.

Nueve. Resistir en Chicago

Llegamos a Chicago: The Musical cuando Roxie Hart empieza a enfrentar su talento con el de Velma Kelly, y el público -como es un viaje inaugural, casi todos son periodistas y agentes de viaje- empieza a huir, a cuentagotas primero y en desbandada luego, como preguntándose: "¿por qué todo el mundo canta a cada rato?".

Diez. Conocer a Britto.

El Allure tiene una debilidad por el arte, aunque es cierto que eso no es un atributo exclusivo de este crucero. En cada escalinata hay unas fotografías a gran escala, también esculturas. Pero lejos el centro cultural más popular es la tienda-galería de Romero Britto, en el Central Park.

Cosas que no sabía de Britto: es brasileño, es pop, es como si Warhol hiciera grafittis con acrílicos muy coloridos, casi fosforecentes, pinta y esculpe, es famoso por unas mariposas y no se incomoda con usar el ancla de Royal Caribbean en una de sus pinturas.

Once. Contar caídas.

Hay una pista de hielo. Y en esa pista de hielo, un show de patinadores algo desafortunado esta noche. Hay varias caídas y uno empieza a sentirse algo incómodo y a solidarizar. Tiene momentos altos, el show, claro. Como una pareja de rusos que se desliza románticamente en una sutil coreografía que incluye cometas simples y dobles, que rozan los focos del techo.

Doce. Desquitarse

La verdad es que nadie le tiene demasiada fe a los shows de cruceros. Pero, Blue Planet, el show post comida, esta misma noche, es sorprendente, aunque parte sin grandes luces. El súper tecnologizado escenario ayuda, claro, pero todo lo demás es ingenio y talento sobre el escenario. Hay algo de Cirque du Soleil, por decir algo, pero más aliviado de toda esa estética sofisticada.

Nadie escapa del teatro. No hay comentarios solidarios a la salida. Sólo satisfacción.

Trece. Surfear.

En la cubierta 16, hacia popa, dos piscinas especiales concentran la atención: son olas artificiales. Unas pendientes soportan un potente chorro de agua. A un lado, se puede aprender a hacer bodyboard, tirarse de guata sobre unas tablas, para sortear las olas.

Del otro, lo mismo, pero con surf. Las tablas son blandas. El fondo es blando. Las barreras laterales son blandas. Parece fácil. Una surfista toma confianza, se equilibra, suelta la mano del instructor. Y en una fracción está de cabeza en el agua.

Catorce. Medir el barco

Dicen esto: la Nasa hizo una medición especial para dirimir la disputa que salió de los mismos astilleros donde se hizo el barco, y su gemelo, el Oasis of the Seas, que lleva ya casi un año navegando. La conclusión es que el Allure sería cinco centímetros más largo que el Oasis, y por tanto el portador exclusivo del título "crucero más grande del mundo".

Una pelea familiar.

Me dan cifras: que tiene 220 mil toneladas de desplazamiento (70 mil más que el Queen Mary 2, y 170 mil más que el Titanic). Que mide 360 metros de largo.

No importa nada. La verdadera medida del barco es ésta: en la cubierta 5 hay un circuito de trote y caminata. Una pista perfectamente nueva, donde dos vueltas equivalen a correr kilómetro y medio. Cada tantos metros, unos carteles animan a los deportistas, prometiendo un postre libre de culpa.

Quince. Conocer a Ivan Ivanov

Es rumano y atiende, tras una sonrisa discreta, en el Sand Bar de la cubierta 15, justo entre dos sectores llenos de piscinas.

Ivan prepara rum punch sin timidez. He mirado en otros bares y la diferencia está en el toque final de ron que hace de este ponche, usualmente dulzón y delicadito, un trago en propiedad.

Ivan escucha, sonríe, aplica unas gotitas extras de ron. Un profesional.

Dieciséis. Escalar.

Hay dos paredes de escalada, pero parece que todos prefieren usar la de la derecha (mirando hacia la proa del barco; técnicamente: estribor). Se ven igual de soleadas, pero hay fila para subir por ésta.

Veo a una pareja compitiendo, mientras me acomodo en la barra frente al Aquatheater, el gran anfiteatro en la popa, donde se hacen shows acuáticos, pero ahora parece sólo una sala de ensayos. Un grupo practica clavados desde una altura temible, lo que comprueba que el barco tiene la piscina flotante más profunda del mundo (casi seis metros), aunque a primera vista no lo parezca.

Diecisiete. Ignorar a la superestrella.

El viaje coincide con Acción de Gracias, día en que los estadounidenses, además de comer pavo y agradecer por sus logros, ven fútbol americano. Hay un partido en las dos pantallas gigantes del Aquatheater, mientras un tipo, solitario, con camiseta azul y blanca, lanza pases con la clásica pelota ovalada. Un periodista mexicano, al lado mío, me dice que es un jugador conocido. "Pero no recuerdo cómo se llama".

Dieciocho. Ver el otro lado de Haití

Cuando el Allure viaje con pasajeros reales, tendrá itinerarios de 4 a 7 noches por el Caribe, saliendo de Fort Lauderdale, en Florida. Los ruteros incluyen nombres soñados (Costa Maya mexicana, Jamaica, St. Thomas, St. Maarten, Bahamas), pero también a Labadee, en Haití.

Pregunto por Labadee. Me llama la atención. Es Haití.

Royal Caribbean -se apresuran en explicarme- tiene un convenio con el gobierno haitiano. Emplean trabajadores locales. Reciben vendedores de artesanías cada vez que llega un barco. Invirtieron con fuerza luego del terremoto. "Casi un millón de dólares", dice una chica con piocha del crucero. Labadee es una especie de resort privado. Me gustaría conocer Labadee, pienso.

Diecinueve. Mirar la cartelera

Dicen que el 21 de febrero de 2011, Taylor Swift actuará a bordo, en el AquaTheater. Sería el primero de una serie de presentaciones estelares.

También dicen que uno no se puede meter a un sector de la cubierta dos, donde está el gran pasillo que cruza el barco completo y que explica el traslado de provisiones y personal que uno nunca ve en las zonas de pasajeros. Es como una avenida, donde se ven todo tipo de uniformes y equipos moviéndose con más o menos prisa.

Es toda la trastienda del barco. Lo que nunca se vio.

Veinte. Escuchar el canopy

Espero a que me acomoden en una de las mesas exteriores de Johnny Rockets, la clásica cadena de hamburgueserías con verdadero estilo de los cincuenta. Johnny Rockets tiene un local en el Boardwalk, justo frente a Rita's Cantina, la imprescindible contraparte mexicana.

Espero mi hamburguesa simple con queso, mientras veo la delgada línea que cruza el cielo sobre mí. Es un cable por donde, cada cierto rato, se deslizan pasajeros desde la zona de las olas artificiales de bodyboard al mini golf para niños, a pasos de la "zona juvenil".

Eso lo sé porque lo vi temprano: todo ese sector esta casi 10 cubiertas sobre mí. Aún así, alcanzo a escuchar el grito de una señora que patalea a medida que se desliza por el aire.

"Nada como suelo firme", pienso, mientras me echo hacia atrás en la silla.

Allure sería cinco centímetros más largo que su barco gemelo, por eso es el más grande del mundo.

*desde Fort Lauderdale, Estados Unidos.

fuente: diario.elmercurio.com/fotos: Mauricio Alarcón C.



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