por Sergio Antonio Herrera, desde Melo
Este martes 14 de julio, en Asunción, Argentina, Brasil, Chile y Paraguay firmaron el Acuerdo de Liberalización Aérea Sudamericana (ALAS), un memorando de entendimiento que pretende iniciar la construcción progresiva de un Cielo Único Sudamericano.
No significa que desde mañana cualquier aerolínea pueda volar libremente por toda la región. No desaparecieron las fronteras aerocomerciales ni quedaron sin efecto los acuerdos bilaterales. Pero sí ocurrió algo diferente: por primera vez cuatro Estados declararon formalmente que quieren dejar de pensar el transporte aéreo como una suma de mercados nacionales para comenzar a concebirlo como un espacio regional integrado.
Ese, a mi juicio, es el verdadero hecho periodístico.
No la firma de un memorando. No la mención a la Novena Libertad. El verdadero cambio es conceptual: abandonar lentamente un sistema basado casi exclusivamente en acuerdos bilaterales para comenzar a imaginar un mercado regional de aviación.
Cuando se habla de cielos abiertos suele pensarse simplemente en más vuelos o más frecuencias. ALAS va bastante más lejos. El memorando propone avanzar hacia la concesión recíproca de todas las libertades del aire, incluida expresamente la Novena Libertad.
Las libertades del aire son los derechos que un Estado concede a las compañías aéreas de otro para sobrevolar su territorio, aterrizar o transportar pasajeros y carga. Las primeras cinco nacieron con la Conferencia de Chicago de 1944. Luego, la práctica internacional incorporó la sexta, séptima, octava y novena, vinculadas a formas cada vez más profundas de integración.
La Novena Libertad permite a una compañía extranjera operar vuelos exclusivamente domésticos dentro de otro país.
Conviene recordar que no se trata de una idea nueva. Nuestra propia PLUNA ejerció hace más de quince años derechos de cabotaje en Chile, desarrollando operaciones internas desde Santiago hacia el extremo sur del país y obteniendo posteriormente nuevas autorizaciones. La novena libertad ya existía; lo novedoso es la intención de convertir esas experiencias aisladas en una política regional compartida.
Naturalmente, el camino será largo. Habrá que armonizar acuerdos bilaterales, normas regulatorias, reglas de competencia, seguridad operacional, derechos de los pasajeros y múltiples aspectos técnicos. Europa necesitó décadas para construir su mercado único de aviación. Sudamérica apenas comienza a recorrer ese sendero.
Para Uruguay hay un aspecto especialmente interesante.
El último acto de gobierno del presidente Luis Lacalle Pou, el 28 de febrero de 2025, fue precisamente la firma del decreto que profundizó la política uruguaya de cielos abiertos. En aquel momento sostuve en Portal de América que aquella decisión podía marcar un antes y un después para la aviación nacional.
Poco después comenzaron a verse resultados concretos: GOL operó vuelos entre Aeroparque y Punta del Este y Aerolíneas Argentinas unió Porto Alegre y San Pablo con el principal balneario uruguayo.
Por eso sorprende que Uruguay no haya estado en la mesa donde comenzó formalmente este proceso. No porque nuestro país sea ajeno a la apertura aerocomercial. Precisamente por lo contrario.
Tal vez existan razones técnicas, diplomáticas o simplemente de oportunidad política. Tal vez Uruguay se incorpore más adelante. Sería deseable conocer cuál será la posición oficial frente a un proyecto que puede modificar profundamente la conectividad regional.
Quizá el Cielo Único Sudamericano demore muchos años en convertirse en realidad. Tal vez nunca alcance el nivel de integración logrado por Europa. Pero dejó de ser una simple aspiración para transformarse en un proyecto político concreto.
Y esa, por sí sola, ya es una noticia que Uruguay no debería limitarse a observar desde la tribuna.

