por Sergio Antonio Herrera, desde Montevideo
La falta de conectividad, las dificultades migratorias, las exigencias de visados, la insuficiente infraestructura y la ausencia de una verdadera integración regional siguen conspirando contra las posibilidades de crecimiento de una actividad que dispone, en esta parte del mundo, de recursos naturales, culturales e históricos extraordinarios.
Las reflexiones de Guevara permiten introducir una cuestión que va mucho más allá de las dificultades actuales del turismo: la necesidad de que los países sudamericanos comiencen a pensar y actuar como integrantes de una gran región, en lugar de continuar administrando sus posibilidades de desarrollo dentro de fronteras que, demasiadas veces, funcionan como obstáculos.
Hasta aquí, nada que debiera sorprender. Lo verdaderamente sorprendente es que, conociendo desde hace tanto tiempo estos problemas, se siga esperando que alguien venga a resolverlos.
Uruguay, el hermano menor que puede tomar la iniciativa
En el Manual empírico del turismo del Uruguay, elaborado por el Grupo PDA, se plantea que el país necesita cambiar radicalmente su escala de pensamiento. Dejar de mirarse permanentemente el ombligo, abandonar las aspiraciones pequeñas y comprender que su ubicación geográfica, entre Argentina y Brasil, constituye una oportunidad estratégica que todavía no ha sabido aprovechar.
Uruguay está situado entre dos gigantes, dos enormes mercados emisores y receptores de turistas, con una diversidad de atractivos que pocos espacios geográficos del planeta pueden igualar. Y tiene, además, una vecindad privilegiada con Paraguay y la posibilidad de incorporar a Chile en una iniciativa que podría proyectarse mucho más allá de las fronteras del Mercosur.
¿Por qué no podría Uruguay asumir el papel de promotor, articulador e impulsor de una gran estrategia turística del Cono Sur?
No se trata de competir con Argentina o Brasil por el liderazgo económico de la región. Sería absurdo. Se trata de ejercer un liderazgo de iniciativa, de capacidad de propuesta, de convocatoria y de coordinación.
Ser pequeños no condena a pensar en pequeño.
Por el contrario, la dimensión de Uruguay podría convertirse en una ventaja. El país no tendría que presentarse como un competidor de sus vecinos, sino como un socio que propone construir oportunidades para todos.
De las declaraciones a las decisiones
Hace décadas que se habla de integración regional. Se han celebrado innumerables congresos, reuniones ministeriales, cumbres empresariales y encuentros internacionales donde se repiten diagnósticos que prácticamente todos comparten.
Pero cuando un turista de otro continente intenta organizar un recorrido por varios países sudamericanos, se encuentra con una realidad que dista considerablemente de aquella integración tantas veces proclamada.
Requisitos migratorios diferentes, visados que dependen de la nacionalidad del visitante, procedimientos administrativos que no dialogan entre sí, conexiones aéreas insuficientes, pasos fronterizos lentos y una oferta de transporte regional que muchas veces obliga a realizar recorridos absurdos.
Es cierto que existen acuerdos de circulación y facilidades migratorias entre varios países. No se parte de cero. Pero una cosa es la existencia de acuerdos y otra muy diferente que el visitante internacional encuentre un sistema verdaderamente integrado, sencillo y eficiente.
¿Por qué no trabajar en un mecanismo de visado regional para aquellos mercados que lo necesitan? ¿Por qué no avanzar hacia procedimientos migratorios compartidos, reconocimiento de información y sistemas de identificación digital interoperables? ¿Por qué no establecer metas concretas para reducir los tiempos de espera en las fronteras?
Y, fundamentalmente, ¿por qué no diseñar una política de conectividad regional que deje de depender exclusivamente de las decisiones comerciales individuales de las empresas transportadoras?
La conectividad no termina en los aeropuertos
Aquí aparece una cuestión fundamental que merece incorporarse a la discusión con una visión mucho más ambiciosa: la necesidad de desarrollar una gran red de trenes de alta velocidad en Sudamérica.
No se trata solamente de conectar Uruguay, Argentina, Brasil, Paraguay y Chile. Se trata de comenzar a estudiar una transformación ferroviaria de escala continental, capaz de vincular progresivamente las principales ciudades y regiones económicas, comerciales y turísticas de América del Sur.
Mientras buena parte del mundo desarrollado, y particularmente países asiáticos y europeos, han transformado sus sistemas de movilidad mediante ferrocarriles rápidos, seguros y eficientes, Sudamérica continúa dependiendo casi exclusivamente de los aviones, los automóviles y los ómnibus para los desplazamientos de pasajeros entre sus principales centros urbanos.
La comparación resulta particularmente reveladora. China ha construido en pocas décadas la mayor red de trenes de alta velocidad del mundo. Japón fue pionero en esta tecnología y Europa continúa desarrollando corredores ferroviarios internacionales que permiten viajar entre grandes ciudades con una eficiencia extraordinaria.
Sudamérica, en cambio, prácticamente no ha comenzado a recorrer ese camino.
No se trata de sustituir el transporte aéreo. Se trata de complementarlo, de construir un sistema multimodal capaz de ofrecer distintas soluciones según las distancias, los volúmenes de pasajeros y las características de cada corredor.
Imaginemos una red ferroviaria de altas prestaciones que permita conectar progresivamente Buenos Aires, Montevideo, São Paulo, Río de Janeiro, Porto Alegre, Santiago de Chile, Asunción y otras grandes ciudades del sur del continente.
Pero la visión no debería detenerse allí.
También deberían estudiarse corredores que involucren a Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y los demás países sudamericanos, identificando las rutas de mayor demanda y aquellas donde el transporte ferroviario pueda constituir una alternativa eficiente al automóvil o al avión.
Una verdadera estrategia continental debería contemplar, además, la interconexión de los sistemas ferroviarios nacionales y su articulación con aeropuertos, puertos, terminales de transporte y grandes centros turísticos.
Naturalmente, la cordillera de los Andes, la Amazonia, las enormes distancias y las diferencias de densidad poblacional plantean desafíos extraordinarios. No todos los corredores justificarán trenes de alta velocidad, ni todas las conexiones serán técnica o económicamente razonables.
Algunas podrán resolverse mediante ferrocarriles convencionales modernizados, trenes de velocidad intermedia o sistemas combinados con otros medios de transporte.
Precisamente por eso se necesitan estudios de demanda, evaluaciones económicas, planificación territorial y acuerdos internacionales de largo plazo.
La propuesta no consiste en anunciar miles de kilómetros de vías que nadie sabe cómo financiar. Consiste en comenzar a diseñar una red ferroviaria sudamericana para las próximas décadas, estableciendo prioridades y determinando dónde la alta velocidad puede convertirse en una herramienta real de integración y desarrollo.
Las grandes transformaciones de infraestructura no comienzan cuando aparecen los recursos financieros. Comienzan cuando existe una visión estratégica capaz de identificar hacia dónde debe avanzar una región.
Y Sudamérica necesita urgentemente esa visión.
Una gran región turística que el mundo pueda recorrer
El concepto de multidestino, al que también se refirió Gloria Guevara, ofrece otra oportunidad extraordinaria.
Un visitante europeo, norteamericano o asiático podría encontrar en el Cono Sur una propuesta integrada que combine Buenos Aires, Montevideo, Punta del Este, las Cataratas del Iguazú, el sur de Brasil, los paisajes de Chile, Paraguay y otros destinos, mediante itinerarios organizados, conexiones eficientes y procedimientos de ingreso simplificados.
Y esa misma lógica podría extenderse posteriormente al conjunto de Sudamérica, articulando circuitos turísticos que permitan combinar diferentes países y regiones sin que cada frontera represente una nueva complicación.
No significa que todos los turistas deban recorrer todos los países. Significa que deben existir las condiciones para facilitarles la posibilidad de hacerlo.
La promoción internacional de la región podría apoyarse en productos conjuntos, acuerdos entre operadores, campañas cooperativas y una estrategia comercial que aproveche la enorme diversidad de atractivos existentes a distancias relativamente accesibles.
La integración no debería borrar la identidad de cada destino. Debería potenciarla.
Y Uruguay, lejos de perder protagonismo en una oferta regional de mayor escala, podría encontrar nuevas oportunidades para incorporarse a circuitos internacionales que hoy ni siquiera lo contemplan.
La iniciativa debe tener responsables, objetivos y plazos
La propuesta no consiste en crear otra organización internacional destinada a multiplicar reuniones, declaraciones y fotografías de autoridades.
Consiste en que Uruguay convoque a Argentina, Brasil, Paraguay y Chile a establecer una agenda concreta de integración turística y conectividad, con participación de las autoridades de turismo, transporte, infraestructura, migraciones, aviación civil y relaciones exteriores.
Una mesa de trabajo de alto nivel, respaldada por los gobiernos y acompañada por el sector privado, que identifique los obstáculos, establezca prioridades y asigne responsabilidades.
Entre sus primeros cometidos deberían figurar la facilitación de fronteras, la simplificación de visados para terceros mercados, la conectividad aérea regional, los corredores terrestres y la promoción multidestino.
Y, paralelamente, podría impulsarse una segunda iniciativa, de alcance sudamericano, destinada a promover los primeros estudios para una futura red continental de ferrocarriles de alta velocidad y otros servicios ferroviarios modernos.
La diferencia de escalas es importante. Uruguay puede comenzar convocando a sus vecinos inmediatos para resolver problemas concretos de integración turística, mientras promueve una discusión de mayor alcance sobre la infraestructura ferroviaria que necesitará Sudamérica durante el resto del siglo XXI.
La tecnología y la inteligencia artificial, que también ocuparon un lugar destacado en las declaraciones de Guevara, pueden contribuir decisivamente a este proceso, particularmente en el análisis de flujos de pasajeros, la identificación de mercados, la planificación de conexiones y la simplificación administrativa.
Pero ninguna tecnología sustituye la decisión política de hacer las cosas.
Y esta iniciativa debería tener algo que suele faltar en los proyectos regionales: objetivos medibles, calendarios de ejecución y mecanismos públicos de seguimiento.
Uruguay necesita cambiar su lugar en la conversación
En el Manual empírico del turismo del Uruguay, el Grupo PDA insiste en la necesidad de una transformación profunda de la institucionalidad turística nacional, con una autoridad técnica capaz de trabajar profesionalmente en inteligencia de mercado, conectividad, competitividad y sostenibilidad.
Esta propuesta regional constituye una extensión natural de aquel planteamiento.
Una autoridad turística moderna no debería limitarse a contratar campañas publicitarias, asistir a ferias internacionales o contabilizar visitantes. Debería tener capacidad de anticipación, de formulación estratégica y de interlocución con los grandes actores públicos y privados de la región.
Y aquí aparece una oportunidad para que Uruguay demuestre que puede aportar mucho más de lo que su tamaño permitiría suponer.
No necesita esperar que Brasil, Argentina o algún organismo internacional lo inviten a participar de una iniciativa. Puede ser el país que la proponga.
Tampoco es necesario pretender que todas las soluciones se materialicen simultáneamente. Algunas medidas administrativas podrían avanzar en plazos relativamente breves. Otras, como una red ferroviaria sudamericana de alta velocidad, exigirían años de estudios, acuerdos, inversiones y ejecución.
Lo importante es comenzar.
Y, sobre todo, comprender que el turismo puede convertirse en el impulsor inicial de una integración que terminaría beneficiando a muchas otras actividades.
Porque mejorar las fronteras, modernizar las infraestructuras, ampliar la conectividad aérea y desarrollar corredores ferroviarios no solamente beneficia a los turistas. También favorece al comercio, a las inversiones, a los servicios, a la movilidad de las personas y a la competitividad de las economías nacionales.
El turismo puede ser la excusa perfecta para comenzar a resolver problemas estructurales que afectan al conjunto de Sudamérica.
Dejar de administrar lo pequeño para empezar a construir lo grande
Las declaraciones de Gloria Guevara tienen el mérito de volver a colocar sobre la mesa las asignaturas pendientes de América Latina. Pero esas asignaturas no se aprobarán mediante nuevas declaraciones de buenas intenciones.
Se aprobarán cuando alguien asuma la responsabilidad de impulsar soluciones.
Uruguay tiene una oportunidad singular de convertirse en ese impulsor en el Cono Sur. No por ser el más grande, el más rico o el más poderoso, sino porque puede tener la inteligencia, la audacia y la perseverancia de convocar a sus vecinos alrededor de un proyecto que beneficie a todos.
Y desde esa plataforma inicial podría contribuir a instalar una discusión de alcance continental sobre el futuro del transporte ferroviario, la conectividad y la integración sudamericana.
Durante demasiado tiempo, la política turística uruguaya ha sido concebida dentro de los límites de un territorio de apenas 176.000 kilómetros cuadrados.
Es hora de comprender que su verdadera oportunidad también está en el espacio regional que lo rodea.
No se trata de que Uruguay pretenda dirigir a los gigantes. Se trata de que el hermano menor tenga la iniciativa de sentarlos a una misma mesa y proponerles un camino que todavía no han sabido construir juntos.
Porque, si se continúa esperando que otros resuelvan los problemas de conectividad, integración y competitividad, probablemente dentro de veinte años se seguirán celebrando congresos internacionales donde volverán a escucharse exactamente los mismos diagnósticos.
Y mientras Europa y Asia continúan acortando distancias mediante redes ferroviarias de alta velocidad, Sudamérica corre el riesgo de seguir contemplando el futuro desde el andén.
Uruguay puede dar la señal de partida. No tiene que construir todos los trenes ni financiar todas las obras. Tiene que animarse a proponer que Sudamérica deje de perder tiempo y comience, de una vez por todas, a construir su propia integración.

