por Paula Martíns, Condé Nast Traveler
Sabía, por pura intuición literaria, que el pisco siempre delata y que las emociones –la ansiedad, el amor, los reencuentros– en este rincón del mundo poco se piensan, más bien se sienten en la guata. Me sucedió nada más ver los imponentes Andes desde el cielo. Un paisaje que custodia Santiago de Chile, una ciudad llena de contrastes.
He escuchado a muchos chilenos despreciar su tierra, un fenómeno que ya diagnosticaron Los Prisioneros en su himno Por qué no se van: “Si sueñas con Nueva York y con Europa, te quejas de nuestra gente y de su ropa, vives amando el cine arte del Normandie […] Si viajas todos los años a Italia, si la cultura es tan rica en Alemania. ¿Por qué el próximo año no te quedas allá?”. Lo dijo Isabel Allende también: “Los chilenos nos quejamos mucho, siempre nos parece que los otros están mejor, pero no es así visto desde fuera”.
Amé –perdón, amo– Santiago de Chile. Casi con tanta altura como las montañas que lo abrazan. Mires a donde mires, allí están, vigilándote. “Vienes tú y entonces me doy cuenta de lo afortunados que somos”, me dice mi amiga Teresa, nativa chilena, sobre ese privilegio que es despertarse cada mañana, mirar por la ventana y encontrárselas de frente. Y tiene razón: despertar y tener a esos gigantes vigilándote hace que uno, sencillamente, nunca se sienta solo.
Recorrer Providencia de principio a fin
Me moví por Santiago con la cadencia de quien anda en pijama por casa. Mis anfitrionas subestimaban mi capacidad para pasar desapercibida y “no parecer demasiado europea” en una ciudad cuyo aumento de la criminalidad parece no ceder año tras año, y los robos a extranjeros son una parte pesada que avalan estas cifras. Es paradójico: desgraciadamente, parecer europeo en Latinoamérica es una ventaja enorme si eres de allí, pero no tanto si eres del grupo que nació al otro lado del charco.
Pero en Providencia, la vida ocurre entre cafés de especialidad y librerías que son templos. Mi primera parada fue la librería Alma Negra, buscando el último ejemplar de Poeta Chileno. Porque en el Santiago contemporáneo no solo se lee a Alejandro Zambra, se habla y se camina a través de él. Casualidad: sin saberlo, la novela menciona este barrio para contextualizar muchos de los momentos más relevantes de la trama.
A finales del XIX, Providencia era apenas un caserío de la congregación religiosa de las Hermanas de la Divina Providencia, pero hoy es el corazón palpitante del sector oriente. Aquí, el aroma a grano recién tostado en Welkom Coffee, Nuk o El Galgo convive con casonas de aire inglés y una herencia española clara.
Para darse cuenta basta con leer el rótulo de la librería Catalonia, un negocio literario fundado y gestionado todavía por mujeres, que abrió sus puertas en 1996 con el fin de recoger la tradición de la mítica librería barcelonesa de la plaza Cataluña.
Pero además, la pisada española también se huele. Literalmente. Se hace al pasar por Soy Churro o sentarse en el Café Holley –un guiño a los bares de la Ciudad Condal– para entender que, aunque el Atlántico es inmenso, no hay océano capaz de separar lo que se lleva bien adentro.
Si el MUT (Mercado Urbano Tobalaba) es el nuevo oráculo del diseño y la arquitectura verde, el Sky Costanera ofrece la postal técnica. Sin embargo, el verdadero espíritu se esconde en el Cerro San Cristóbal. Subir en teleférico, con parada en su jardín japonés, hacia el Santuario de la Inmaculada Concepción deja al descubierto la intimidad de su abrumador e imponente paisaje. Condensa toda su grandeza.
Para terminar el rito, Tere y Siu me llevan a tomar un Completo a Elkika Ilmenau. Sin pretensiones, con la mayonesa casera chorreando entre las manos y un chop de cerveza helada se sitúa como un favorito. Hay quien prefiere La Fuente Chilena, y, sobre todo los veganos, La Fuente rica rica. Cada uno tiene su esencia.
Souvenirs sí, pero con estilo
A un paso de la efervescencia de Providencia, el paisaje se transforma en Las Condes. Es el Santiago que mira al futuro sin soltar del todo el brazo del pasado. Hay quien dice que su nombre evoca las antiguas haciendas de Las Cordilleras de los Condes y esa herencia señorial aún se percibe en sus avenidas anchas y su oferta gastronómica de altura, ideal para un afterwork con vistas.
Aquí el ritmo se divide en tres ejes. Por un lado, la sofisticación de parque Arauco, con su distrito del lujo; por otro, la vibrante energía de sus torres de cristal. Pero el verdadero tesoro es el Pueblito Los Dominicos. Cruzar su umbral es viajar en el tiempo: un oasis de casas de adobe y callejones que huelen a historia colonial.
Es el place to be para quienes huyen de los imanes de nevera industriales. En sus más de cien talleres, la artesanía es la protagonista: cerditos de greda para la buena suerte, joyas de lapislázuli de Ovalle y esas delicadas figuras tejidas en crin (pelo de caballo) que parecen filigranas imposibles. Es un rincón honesto en un barrio que presume de modernidad.
Un barrio privilegiado con el parque más bonito
Tiendas de lujo, restaurantes chic de precios elevados, otros más informales (apunta las hamburguesas de Dipsys), rooftops y distintas cafeterías bonitas se dan cita en Vitacura, uno de los barrios, si no el más, prósperos de Santiago de Chile.
Entre looks de yoga de Alo y el lujo de Dior, el parque Bicentenario se erige como un pulmón verde de 27 hectáreas diseñado por Teodoro Fernández.
Allí se dan cita más de 5.000 árboles, de los cuales más de 2.000 son especies nativas, como quillay, huiganes, algarrobos, guayacanes o espinos. Es toda una parada obligada: un lago artificial con nenúfares, patos y cisnes forma un horizonte que, afirmo sin conocimiento (pero sin duda), protagoniza postales.
Cuántos “te quiero” se habrán pronunciado en su césped es algo difícil de imaginar, porque nada más llegar sorprende la cantidad de parejas que reposan en él. Ya lo decía Gabriela Mistral, en Poemas de Chile: “Son muy tristes, mi chiquito, las rutas sin compañero parecen largo bostezo”.
Barrio Italia: anticuarios, tiendas y cafeterías
Chile llena mi mundo desde hace un tiempo y cuando la vida da señales conviene hacerle caso. Paso la mayor parte del tiempo con Teresa y con Siu de San Felipe y Ovalle. Las escucho hablar más chileno que cuando vivían en Lisboa conmigo y me siento orgullosa de entender todo excepto “frutilla”, palabra que confundo con “frutita”, pero significa “fresa”.
Persiguiendo este mantra, en mi agenda del viaje planeaba un reencuentro con Camila, santiaguina que conocí en un solo trip en el Algarve. Quedo con ella varias veces entre semana, y la última es en Barrio Italia, un museo a cielo abierto donde los murales compiten con las tiendas de anticuarios.
Un emporio (tiendecita minorista, estilo ultramarinos) enseguida llama mi atención. Te recibe con varios refranes chilenos pintados a mano en tiza blanca en una pizarra: “que le hace otra raya al tigre” (una situación difícil más, tras estar viviendo varias, no marca la diferencia), “el que a solas se ríe de sus maldades se acuerda” (quien se ríe a solas está recordando alguna picardía) o “es más difícil que acarrear agua en un canasto” (tareas complicadas o que no merecen el esfuerzo).
El emporio es de esos que encuentran armonía en todo. El contraste es apabullante: un póster muy grande de Charles Chaplin y varios de su película El chico contrastan en una armonía curiosa con uno del Club de Fútbol Colo Colo, acompañado de dos bufandas que me resultan familiares: la del Fútbol Club Barcelona y el Sporting de Portugal. El hogar puede estar allá a donde vayas.
Hablar con un chileno requiere tiempo. No son parcos, y, por norma general, cuentan con una sensibilidad especial en muchos de ellos que te lleva a sentarte con gusto y escucharles. Que no te despisten sus diminutivos ni el “po”, el “huevón” y el “ya”, pues a menudo también pronuncian frases que podrían ser literarias. Aun así, en el Mercado Condell, entre ropa de segunda mano, leo una advertencia que parece un lema para viajeros: “El que les pone freno a sus labios actúa con prudencia”. Pero en Santiago, es imposible no hablar.
También aprendí pronto que hay una pregunta aparentemente inocente que carga mucho más de lo que parece: “¿A qué colegio fuiste?”. No se pregunta tanto por curiosidad académica como por orientación social. El nombre de ciertos colegios privados funciona como una contraseña tácita entre clases, barrios y apellidos; una forma elegante –y profundamente chilena– de leerse mutuamente sin decir demasiado.
La Chascona, el secreto de Pablo Neruda
A menudo tildado de peligroso por los más cautos, Bellavista es, en realidad, un epicentro de vida nocturna, y uno de los más aplaudidos en cuanto a cultura. Allí se esconde una de las joyas mejor valoradas de Santiago, La Chascona.
“Mi casa, tu casa, tu sueño en mis ojos, tu sangre siguiendo la mía”, escribió Pablo Neruda a su amor secreto, Matilde Urrutia, a quien, por su pelo enmarañado llamaba La Chascona. Con ese mismo nombre denominó a la casa que ordenó construir al arquitecto catalán Germán Rodríguez Arias para su amante mientras él seguía su relación con Delia del Carril. Una infidelidad sabida por otros nombres reconocidos del mundo artístico, como Diego Rivera, quien llegó a pintar incluso a La Chascona con dos cabezas en algunas de sus obras.
La Chascona ahora es un museo precioso donde ver obras de arte de otros artistas chilenos y extranjeros que admiraba el autor, así como sus vajillas y objetos del diseñador Piero Fornasetti.
El Santiago más turístico (con razón)
A cualquiera que se le pregunte por Santiago de Chile empezará a aconsejar, probablemente, por algún rincón de la Alameda. Por el Palacio de La Moneda, identificado por su enorme bandera, esa arquitectura solemne que hoy alberga la residencia presidencial y que, sin embargo, sigue cargando con el peso de la historia reciente del país. Santiago suele enseñarse así al visitante, pero basta caminar unas pocas calles para entender que la ciudad juega a otra cosa y que su esencia va mucho más allá.
Muy cerca aparece la Casa Colorada, una de las pocas construcciones coloniales que sobrevivieron al vértigo moderno de la capital y una de las que mejor permite asomarse a la vida de la élite santiaguina de otro siglo.
La ciudad empieza a mezclar capas y épocas sin pedir permiso en el barrio París-Londres, un pequeño espejismo europeo, donde las fachadas neoclásicas, los hoteles mínimos, las galerías de arte, museos como Londres 38 (antiguo lugar de detención y tortura durante la dictadura) y las calles con edificios neoclásicos parecen transportar a un tiempo paralelo.
Pero hablar de neoclasicismo es sinónimo de hablar del Museo de Bellas Artes. Nació inspirado por el modelo cultural europeo, pues Chile carecía de una institución que reuniera en un mismo espacio parte del talento patrio. Ahora es todo un templo donde encontrar obras de artistas nacionales, como también extranjeros. Allí aprendí el significado de la palabra cosmonación, que cuelga en un cartel donde se explica una exposición de Valeria Montti: “Fue creada por un antropólogo y significa cómo en la vida de una persona hay espacio para su país de origen como para los nuevos países en los que le toca vivir”. Equilicuá.
El viaje termina (para muchos empieza) en la calle José Victorino Lastarria. Uno de esos hombres polifacéticos que destacó, entre otras muchas cosas, por su vínculo literario con el romanticismo. El dato importa: la calle que lleva su nombre es romántica y bohemia a la par. Es distinta.
En Lastarria se mezclan diferentes murales y graffitis con mercados callejeros y venta de “brownies mágicos” y ropa ambulante tapando fachadas de cines independientes, bares cool ambientados con música callejera y señores jugando al ajedrez en la calle, como si los hubieran contratado para hacer de la zona un lugar, incluso, más instagrameable. La parada final de la calle es clara: un pisco en la barra del Liguria, un bar que es casi un museo de la chilenidad inclusiva.
Mi última noche en Santiago me dispongo a coger la libreta y escribir mientras tomo un choripán en una terraza al final de una mesa larga de madera. Kai, un chico malasio que vivía en Canadá y está viajando antes de regresar a Malasia definitivamente, me pregunta si se puede sentar a mi lado. Comenzamos a charlar. Una chica de Córdoba que viaja sola por primera vez se une a la conversación, seguida de una pareja española que se encuentra recorriendo Latinoamérica por unos meses.
Hablamos todos unas horas. Del amor, del miedo, de volver a casa, de quedarse. Spoiler: no escribí nada en la libreta, pero días después comprendí que viajar sola en un país que habla tu idioma tiene una magia doble: las penas se dividen y las bromas vuelven a tener sentido. Cosmonación, repetí. Qué bendita palabra para definir este dolor de guata que ahora, por fin, se siente como casa.
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