En Barcelona y Baleares el fracaso no fue el éxito turístico, sino no haber sabido administrarlo
Lunes, 21 Septiembre 2026

En Barcelona y Baleares el fracaso no fue el éxito turístico, sino no haber sabido administrarlo

Miles de personas salieron este domingo a las calles de Barcelona, Palma e Ibiza para manifestarse contra las ampliaciones de sus aeropuertos, el aumento de vuelos y, en algunos casos, hasta contra la apertura de nuevas rutas. El reclamo merece ser escuchado. Los problemas existen. Lo que no significa que todas las respuestas sean necesariamente razonables.

En Barcelona fueron unas 5.500 personas, según la Guardia Urbana. La movilización rechazó la ampliación de El Prat argumentando, entre otras razones, sus consecuencias ambientales, el incremento de emisiones y una eventual llegada de millones de turistas adicionales. En Baleares, las protestas fueron incluso más allá: entre las reivindicaciones aparecen frenar nuevas rutas, reducir vuelos y avanzar hacia un modelo de decrecimiento.

Es imposible observar este fenómeno sin reconocer que detrás de muchas de estas protestas existen problemas reales. La saturación de determinados destinos, el encarecimiento de la vivienda, la presión sobre el territorio, los servicios públicos, la movilidad y el medioambiente no son inventos. Negarlos sería tan absurdo como pretender que la única solución consiste en cerrar el grifo de los aviones.

Porque quizás estamos llegando al otro extremo.

Durante décadas Barcelona, Mallorca o Ibiza fueron exhibidas con orgullo como ejemplos del éxito turístico español. Cada récord de pasajeros era celebrado. Cada nueva ruta era una conquista. Cada nuevo mercado era una oportunidad. El turismo generaba empleo, inversiones, infraestructura, actividad empresarial, recaudación y una formidable proyección internacional.

¿Dónde estaban entonces las previsiones?

¿Dónde estaban los estudios que determinaran hasta dónde podía crecer cada destino? ¿Dónde estaban las políticas de vivienda, movilidad, ordenamiento territorial e infraestructura necesarias para acompañar ese crecimiento? ¿Dónde estaba la planificación para evitar que aquello que era considerado un éxito terminara convirtiéndose, para una parte de la población, en una amenaza?

Gobernantes, empresarios y también buena parte de las propias sociedades disfrutaron durante años de las mieles de ese éxito. Y es demasiado sencillo descubrir ahora que el problema es el turista, el avión o el aeropuerto.

Hay además un concepto que parece estar perdiéndose en esta discusión: un aeropuerto no existe solamente para transportar turistas.

La conectividad aérea significa turismo, naturalmente, pero significa también comercio, inversión, congresos, universidades, investigación, negocios, intercambio cultural, movilidad de los propios residentes y capacidad de una ciudad o de un territorio para relacionarse con el mundo.

En definitiva, significa progreso.

Modernizar un aeropuerto tampoco equivale necesariamente a promover turismo masivo. Puede significar mejores servicios, mayor seguridad, instalaciones más eficientes, mejor experiencia para el pasajero, nuevas tecnologías y una infraestructura adecuada a las necesidades futuras de una sociedad.

De hecho, incluso dentro de la discusión balear aparece esta diferencia: el presidente del Consell d'Eivissa, Vicent Marí, expresó su oposición a una ampliación que aumente la capacidad del aeropuerto, pero al mismo tiempo defendió inversiones destinadas a modernizar la terminal y mejorar la seguridad y los servicios.

Esa distinción es importante.

No todo crecimiento es desarrollo, pero tampoco toda limitación representa sostenibilidad.

El problema comienza cuando desaparecen los matices y aparecen los dogmas. Cuando para unos cualquier crecimiento es necesariamente bueno y para otros cualquier crecimiento pasa a ser necesariamente malo. Cuando se pretende resolver décadas de imprevisión mediante prohibiciones que pueden terminar afectando no solamente al turismo sino a la conectividad, la economía y las posibilidades futuras de toda una sociedad.

Seguramente haya intereses económicos detrás de quienes impulsan determinadas ampliaciones. Sería ingenuo desconocerlo. Pero también existen intereses políticos, ideológicos y sectoriales entre quienes se oponen. Precisamente por eso las decisiones no deberían quedar secuestradas por ninguno de los extremos.

Hay que estudiar.

Estudiar capacidades de carga. Estudiar impactos ambientales. Estudiar vivienda, movilidad, agua, energía, residuos, infraestructura. Estudiar qué tipo de turismo se quiere, cuánto puede soportar razonablemente cada territorio y qué conectividad necesita su población independientemente del turismo.

Y después decidir.

Pero decidir con información, planificación y una mirada de largo plazo, no desde el entusiasmo ilimitado de ayer ni desde el rechazo visceral de hoy.

Hay una pregunta incómoda que también debería formar parte de esta discusión: ¿qué serían hoy Barcelona, Mallorca o Ibiza si durante las últimas décadas hubieran renunciado al turismo y a la conectividad que contribuyeron decisivamente a su desarrollo?

La pregunta no pretende justificar un crecimiento infinito. Ningún territorio puede crecer infinitamente. Pretende simplemente poner las cosas en perspectiva.

Aquello que durante décadas contribuyó a generar prosperidad no puede convertirse de un día para otro en el enemigo absoluto.

Quizás haya que crecer menos. Quizás haya que cambiar. Quizás haya infraestructuras que no deban ampliarse y otras que sí. Quizás haya que privilegiar calidad sobre cantidad y, sobre todo, aprender a gestionar mucho mejor los destinos.

Eso precisamente es gobernar.

Porque después de observar lo ocurrido durante tantos años y contemplar ahora cómo el péndulo amenaza con desplazarse hacia el extremo contrario, queda una conclusión bastante más incómoda que responsabilizar al turismo:

El fracaso no fue el éxito turístico. El fracaso fue no haber sabido administrarlo mientras todavía había tiempo para hacerlo.

Portal de América

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